Josefina Oliver: Fulguraciones del yo de una artista escritora
Josefina Oliver (1875-1956) fue una escritora y fotógrafa amateur argentina nacida en Buenos Aires. Su obra está compuesta por 2.700 fotografías entre las que se incluyen 100 autorretratos, 1.250 iluminados a la albúmina, múltiples collages y 20 tomos de un diario de 8.400 páginas, que redactó desde su adolescencia hasta su muerte y que atraviesa 70 años de historia.
Tamaño legado constituye un acervo de enorme valor patrimonial que a partir de 2006 fue reunido, ordenado y conservado por Patricia Viaña, sobrina nieta de Oliver. Recuperando documentación, correspondencia, una colección de tarjetas postales, libros y revistas dispersos entre descendientes de la artista en España, Argentina e Italia, se constituyó el Fondo Josefina Oliver, recientemente donado al Centro de Estudios Espigas de la Universidad Nacional de San Martín.
Se trata de un corpus exquisito, sobre el que han escrito prestigiosos especialistas como Valeria González, Clara Tomasini, Abel Alexander, Eduardo Molinari y Guillermo Ueno. Varios de estos trabajos están reunidos en un libro editado en 2019 por Viaña titulado “Yo Josefina Oliver” a lo que se suma una exposición de la obra de la artista exhibida en 2014 en el Palais de Glace de Buenos Aires denominada “Colores del silencio”.
Desde su niñez y adolescencia, Josefina había sido retratada en varias oportunidades en famosos estudios fotográficos de Buenos Aires como los de Christiano Junior o Adolfo Alexander, pero este derrotero sufrió un punto de no retorno cuando a los 24 años su padre, Pedro Oliver, le regaló su primera cámara fotográfica. Entre ese momento y su matrimonio con José Salas, 8 años después, Josefina sacó 2.300 negativos.
Los revelaba en su propio laboratorio, aquel que la acompañaría de ahí en más en todas las casas que habitó. Como fotógrafa solía realizar 4 copias por toma, que luego fue interviniendo en años venideros, a través de recortes, pintura al óleo y collage. Tanto su padre como su marido, inmersos en una profunda amorosidad hacia la artista, fueron figuras claves para su práctica fotográfica y protagonistas para su lente durante carnavales, picnics y reuniones familiares.
A lo largo de este devenir creativo, Josefina plasmó de manera lúdica su cotidiano haciendo foco en su mundo interior, sus paseos y viajes, sus amigos y allegados. Dentro de este universo que Oliver retrataba, apelando también a puestas en escena, disfraces y artificios, se destacaban su conciencia acerca de los roles de género, la calidad de sus intervenciones pictóricas en fotografías de 9 x 12 cm, y sus registros escritos en torno a sus quehaceres de tomas y revelados.
La artista no tuvo formación profesional por lo que fue guiando sus pasos a través de manuales y de la propia experimentación. Su obra reviste importancia más que por su virtuosismo técnico por su impronta subjetiva, por esa pulsión constante por el registro visual y escrito. En el caso de sus diarios, es notable un cuidado de edición en las formas de escritura, junto a ciertas tachaduras y correcciones.
Sus búsquedas fueron profundas en torno a la representación de su identidad, de la mano de sus múltiples autorretratos y sus sucesivas veladuras pictóricas. El uso de recortes y composiciones de la ausencia en sus fotografías y “pegotes”, como ella denominaba a sus collages, se materializaron en piezas en las que Josefina decapita su propia cabeza y en series en las que se parodia a la fotografía de estudio con sus rígidas poses y sus decorados excelsos.
Si ahondamos en las historias silenciadas de la autora e, incluso borradas de sus diarios, descubrimos que su vida estuvo marcada desde pequeña por la internación de su madre en una institución psiquiátrica, por el abandono de la escuela a los 14 años para ocuparse de tareas domésticas, y por una tensa relación con su hermana mayor.
Ya de adulta, sufrió la muerte de una de sus hijas y la de su nieto, comenzando una serie de altares alusivos a esta temática de duelo. De esta manera, Josefina pudo a través de la escritura y luego de la fotografía intervenida, sublimar el dolor personal, dejando a la posteridad una obra de profundas dimensiones sensibles.
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